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Diego, un hueco en el corazón

Por Vivian Lofiego

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Con la desaparición de Diego Maradona, toda Argentina lloró la pérdida de uno de sus mitos fundadores. Para una mujer de Buenos Aires, es un duelo aún más íntimo, rememorando un amor adolescente, cuando Maradona se llamaba Diego.

2020, mes de noviembre, aún estábamos bajo los efectos del Covid19. En Argentina vivimos la cuarentena más larga del mundo. El decreto del encierro “indeterminado” fue notificado el 19 de marzo del 2020 por el actual presidente argentino, Alberto Fernández. Por decreto también estableció el final de la “cuarentena” el 31 de diciembre del mismo año. Nadie sabía aún que de pronto un inmenso estallido popular arremetería en las calles antes de que concluya el período de la peste.

En una casa, en las afueras de Buenos Aires, dentro de un country, Diego Armando Maradona está sufriente. Recuerdo la imagen clandestina introducida por algún periodista: un cuarto precario, con un baño químico, pocos muebles, una instalación de “urgencia” para que el ídolo, descanse. ¿Quién no sabe de sus excesos? Sus largas y poco fructuosas curas de desintoxicación. Esta vez parece peor que las otras… 

Uno de los jugadores de fútbol más famoso del planeta está solo, sin un baño y alimentado con sandwiches. La imagen es desoladora. Está inconsciente, dormido. Aislado del mundo, aislado del fervor popular. El ídolo está yéndose y parece que a nadie de su entorno le importará mucho. No hay amigos ni familia que le acompañen, que le tomen la mano, lo acaricien. Nadie. Nada

1980. Tengo dieciséis años, Maradona estaciona en la puerta de mi colegio. Salgo a mediodía y mis amigas se arriman a la coupé – la recuerdo blanca, seguro era negra – del número 10. Es bajito, tiene rulos y se ríe, aunque tiene un fondo serio. Cuatro de mis compañeras de escuela secundaria se hicieron amigas del jugador. Y él se enamoró de la más hermosa del grupo. La corteja, la viene a buscar, le trae regalos. Todas sabemos que está de novio con una tal Claudia quien será su esposa, y luego su ex, y la mujer que lo acompañará y que echará el día de su velatorio a una de sus últimas novias.

Mi amiga, la linda, está seducida. Somos cuatro en compartir su secreto. Pero, todas sabemos que él está con vedettes, actrices, cantantes… y la novia. Sin embargo está embelesado por la más alta de nuestro grupo, ella no parece de su edad, parece más. Durante muchos meses acompañé a este amor. Tal vez platónico, tal vez no. Eso no nos importa. Recuerdo un día de la primavera, estábamos reunidas en el jardín de la deseada. Acostadas sobre la hierba veíamos las estrellas en el cielo del sur. Ella nos describía cómo la besaba, poco a poco nos introducía en la pasión. Guardo esa noche de confesiones entre chicas que habíamos crecido en la represión de la dictadura. Nada pudo con nosotras, eso lo sé ahora. Guardo también un autógrafo que me hizo Diego para ganar tiempo, un día, en la puerta de la escuela mientras esperaba que saliera la linda. Me pidió que lo acompañara. Que le hablara de ella. Y disimuló la espera firmando un autógrafo que guardo como la prueba de una carta de amor. Era educado y atento. El ídolo. El hombre del deseo. El ícono de la rebeldía, de la “viveza criolla”. criollaEnamorado. Pienso en la confluencia del esplendor y la derrota. Cientos de mujeres tuvieron algún romance con él. Pero en esta historia había algo que iba de la mano de otro registro, no quiero hacer abuso de la palabra inocencia, pero sí diría un “hors-temps”, un fulgor. Un volver a la adolescencia, el poder compartir en la cocina de Tota, la madre tan querida de Diego. La linda iba de visita a la casa familiar. Con su uniforme escolar, su pelo largo, sin teñir, suelto. Cargada de cosas dulces para merendar.

A ella la recuerdo evocándolo, en el resplandor de la adolescencia. Cuánta pasión había en aquellas palabras que musitaba mientras soñábamos a ser grandes, mientras nos escapábamos de nuestras vidas trazadas de antemano. A él lo vuelvo a ver con su mirada triste. 

Nació en Villa Fiorito, los chicos ahí tienen una mirada dolorida, carecen de muchas cosas. Pero, él pudo sacar a su familia, obtuvo la primera casa “propia” familiar en el barrio de la Paternal gracias a un contrato con Argentinos Juniors. En ocasiones bromeaba: “Crecí en un barrio privado. Privado de luz, privado de agua, privado de teléfono. Pero no fue privado de mucho afecto por parte de sus padres que eran una familia obrera extremadamente pobre pero unida.

La casa de los Maradona en Villa Fiorito, era de piso de barro, techo de chapa. Ahí vivían Doña Tota y Don Diego junto a sus ocho hijos. Luego llegó “la casa de la felicidad” para refugio de los suyos. Esa misma casa a donde iba “la linda” a visitarle. Imaginemos por un momento al joven Diego, ya número 10 en la selección juvenil y jugador para Boca Juniors, ya aclamado, codeándose con el mundo de la farándula y sus códigos. Fiestas, abundancia, orgías, alcohol, drogas, desbordes. Para el orden de aquel caos, había una novia, con la cual construir el futuro imperio. Hasta acá podría ser un guión “típico” de la vida de muchas personas, incluso la de un ídolo. De pronto se enamora de una adolescente, algunos años más joven que él.

La joven entra directo en la familia. El azar hace tan bien las cosas a veces. Merienda junto a Doña Tota – tan amada por su hijo- nuestras amigas y Diego. ¿Un oasis? Un respiro frente a la mundanidad que lo espera. Frente a los años por delante donde será difamado, detestado, adorado. Años en los cuales se construirá al ídolo, algo así como el poseedor del vellocino de oro. No habrá vuelta atrás. Considerado el mejor jugador del mundo, tendrá seguidores en lo ancho y largo del planeta. En Nápoles será venerado. A mí, en particular, decir que había conocido a Maradona, me salvó la vida en un tren de Niza a Italia. Invocarlo era un pase mágico. Jamás, salvo en aquel tren, hice uso de su nombre. Su caída estrepitosa tardó años en llegar al último escalón. Muchas mujeres en el mundo tuvieron hijas e hijos con él, el adn confirmaba irrevocablemente la paternidad de Diego.

2020. Una habitación sin baño, precaria, desnuda de objetos contiene una cama y una mesa de luz. Allí pasa los últimos días de su vida el "Pibe de oro". De la casa de barro y chapa estamos a sesenta años. A muchos, de la risa y la picardía de las hermanas y los hermanos con quienes comparten desde el colchón hasta el pan. La alegría de lo numeroso, de la carne -cuando se consigue- para hacer un asado y deleitarse del lejano campo argentino. Las sombras de la miseria se recuestan y dejan por un rato a una familia satisfecha bajo el cielo poderoso de azul. El pibe juega a la pelota y sueña. Mira a los padres y a los hermanos. Se imagina en una casa grande, con mucho espacio y heladeras repletas de alimentos. Los padres lo dejan soñar. Y él vuela.

Pero la miseria, que nunca se fue, aún en palacios suntuosos, lo ronda, lo merodea. Como el dios Dioniso, él representa los excesos, los placeres. Siempre celebrando, o huyendo de la miseria que -repito- nunca lo deja en paz. Ahora él es un joven famoso, y se enamora de una estudiante bonita, pero aquel paraiso dura no más que una quimera. Un sueño que el pibe soñó. Nadie le toma la mano ahora y él se está yendo de este mundo.

25 de noviembre, es noticia en el mundo entero: murió Diego Armando Maradona. Podría decir también que ese día- extra oficialmente - se acabó la pandemia en Argentina. Millones de personas salieron para acompañar al "Pibe de oro". El desorden, tan común en nuestra tierra, ganó la partida. El cuerpo del Diego tuvo su periplo. Primero una casa velatoria de la Paternal, su barrio de muchacho ascendido a clase media, el barrio que hoy vive por él, allí donde está la cancha de Argentinos Juniors, el primer equipo del ídolo. Allí donde se le levantó un mausoleo y también una iglesia. Donde los muros del inmenso estadio están cubiertos por grafitis contando la historia del Diego, de pibe de la villa a estrella internacional.

Su cuerpo llegó a la Casa Rosada, que es la casa de gobierno. Muchos hablaron de jugada política, sea como sea se decretaron tres días de duelo nacional. En medio de una sala del Salón de los Pueblos Originarios, donde fue despedido, estaba el féretro cubierto de la camiseta número 10, la camiseta de Boca y la de su tierra natal, la bandera argentina. El niño dormía ahora su sueño eterno, al fin descansaba del Olimpo, de las mundanidades, de una vida también de arrebatos. Los hinchas, hombres y mujeres, arrojaban camisetas, flores, pañuelos, a través de las vallas. El espectáculo era terrible. Su gente estaba ahí llorándolo, y llorando un año de encierro que tuvo su final frente a la muerte del amado y odiado dios Diego. El llanto colectivo me hizo pensar a otro llanto que conoció el país, cuando murió Eva Duarte de Perón y el funeral que duró dos semanas. El fervor de un país frente a sus mitos, a los arquetipos que marcan cada época.

Ciento de miles de personas acompañaron a este hijo de la clase obrera quien jamás negó su origen. Lo que le confería una autenticidad muy especial tanto en el uso del lenguaje, como en sus ironías y en su humor. Esto a veces, no se perdona. ¡Un inculto! Dirán muchos, frente a la imagen popular del jugador de foot. Filas de decenas de cuadras se agolpaban para poder ver un segundo la caja que contenía los restos mortales. Luego, su familia, dispuso una ceremonia más que íntima para el entierro en un cementerio privado. La caravana que conducía al "Pibe de oro", se perdió varias veces en el camino hacia el campo santo. Una imagen fiel al destino del chico que se convirtió en un dios para muchos. La expresión “ la mano de Dios” fue suya cuando goleó a Inglaterra en el Mundial de 1986. Maradona aún el día de su muerte es el hombre de “deseo” en estado puro. Hubieron escándalos, desmadres, desbordes. Van a la par el amor y el odio. Hay quienes injurian el descontrol que “provoca” aún estando muerto, sigue dando para hablar. La furia se desahoga en él. Un país que se quedó en la bancarrota y aún en pandemia, con el peligro de la muerte que acecha a todos, ese mismo pueblo rompe todas las barreras y se precipita para dar su adiós al niño nacido en una casa de chapa. Estoy en mi casa, en el piso doce, miro por la ventana y no puedo dejar de llorar en esa tarde primaveral.

La noticia de su muerte sacudió el mundo entero. En un lugar recóndito una mujer aún bella, llora abrazando aquel amor secreto. Repasando cada beso, cada caricia, cada declaración. Cada estrella a la cual le murmuró un nombre: D I E G O. Ningún periodista la persigue, nadie la acosa, nadie le cierra la puerta en la cara. Somos pocos en conocerla.

Cierra los ojos y entra en aquella habitación, besa los labios de ese amor, tan cambiado por las adicciones, las enfermedades, los arrebatos. Acaricia a ese hombre a quien nadie acompaña en su último suspiro. Ella si.

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Vivian Lofiego
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Vivian Lofiego es una escritora y traductora franco-argentina. Vive en Buenos Aires. Sus últimas publicaciones: La sangre de las mariposas (novela). La Vie secrète. Os de seiche (poesía). Denis Salas, Albert Camus : la juste révolte. (traducción).