Al empezar a escribir tuve una crisis con la palabra revolución, cuando buscas la palabra en el diccionario, te salen los siguientes sinónimos: disturbio, revolvimiento, revelación, agitación, conmoción, cambio, movimiento. Tal vez lo que sucede después de la revolución, específicamente después de una revolución fallida, sea una fricción de todos estos términos, con un gran signo de interrogación, con un sentir parecido al de la espera, al de la parálisis. Es así como la palabra revolución no es tan solo una palabra para mí, es mucho más, es un símbolo y aunque me gusta reivindicar su fuerza y su autonomía, siempre ha estado ligada a fuertes connotaciones negativas. Aunque sabemos que nada es blanco o negro, y que siempre hay un gris en todo gobierno, es necesario decir que este gobierno se identifica con el rojo como tantos otros partidos políticos totalitarios. Cuando eres rojo, cortas o disparas, en esas dos acciones hay sangre, en esas dos acciones sales herido.
Como venezolana, mi niñez estuvo marcada por el sonar de una cacerola contra otra. Tengo casi la misma edad que la revolución bolivariana, crecí creyendo con ingenuidad que al apretar la mano de mis padres o de una tía podría junto a ellos espantar a un régimen o más bien espantar a un hombre marchando al ritmo de canciones, en esas largas caminatas con camisas blancas y bandanas con el color de la bandera. Ya años después, más incrédula y grande, junto a otros tantos, veía con fastidio en las pantallas de TV las movilizaciones masivas que duraron desde los años 2000 a los 2010, la fuerza bruta de los llamados “guardias nacionales” que agredían a los manifestantes, a su paso dejaban destrucción, paralizando la ciudad, con una fuerza que ellos llamaban “revolucionaria”.
La austeridad mental de quien sabe que en cualquier momento puede quedarse sin nada, la inercia autómata hacia lo mundano es lo que permanece para mí después de la mal llamada revolución de un país con un capitalismo extremo disfrazado de socialismo. Pero no me interesa hablar solamente de la crisis económica que dejó una revolución política, que continúa de una manera maquillada. En la actualidad existe una máscara de bienestar, los partidos políticos van desapareciendo poco a poco al no ser nombrados, existe un disfraz que hace que todo parezca estar bien, existen productos de todo tipo, nuevas tiendas y restaurantes abriendo cada día, artistas internacionales viniendo todos los meses, festivales de música, pero en realidad todo está puesto por encima, por debajo el país se está pudriendo, los servicios siguen faltando, las cosas siguen sin funcionar. a diferencia es que ahora todo se puede arreglar con dinero : si falta el agua, se compra un tanque de agua ; si falta la luz, se instalaba una planta eléctrica ; cuando la gasolina escasea y hay grandes colas, se compra la gasolina por el mercado negro. Todo se resuelve con dinero, y solo es una cuestión de llamadas. Si tienes el suficiente dinero, nunca realmente tienes que vivir con el daño, es fácil lograr poner una tirita adhesiva a tu existencia. Pero es eso, nada más. Existe una brecha de dolor más potente y decisiva entre las clases sociales.
Por eso, para describir lo que estamos pasando todos, creo más relevante hablar sobre la crisis social y mental, lo que va quedando por dentro acumulado, entre los que se quedan y los miles de exiliados que se han ido, después de la esperanza rota del cambio. Del país portátil que hemos construido, sé que mi vacío, ese vacío en el que me considero experimentada, un gran vacío incandescente, trascendental, identitario, sobre todo humano, está constituido por mucho más. Pero ¿cómo no culpar a la ruina que queda después de la revolución, como no amalgamarla a tus fracasos personales? Todo se convierte en lo mismo. Todo es consecuencia de lo que queda después de la guerra, de la forma en que se recogen los escombros, de quienes son las personas que se quedan a recogerlos para que pasen los cadáveres y de la identidad de estos mismos, citando al famoso poema de Wislawa Szymborska.
Introducción a las pérdidas
« Cuando vivimos algo no tenemos las herramientas para entenderlo mientras va sucediendo », dice la recién ganadora del nobel Annie Ernaux en una entrevista, « solo podemos entenderlo desde el futuro ». Algunos meses atrás, pensé que iba a dejar de vivir lo que queda después de la revolución, pensé que iba a alejarme de la ceniza, por fin poder hacer algo con las manos, esculpir distinto, pero todavía estoy en el barro. Aún no puedo entenderlo del todo, solo fotografiarlo con la memoria, es lo que he intentado hacer en los últimos años y de mis diarios extraigo estos duros fragmentos, para hablarles del daño. Estoy segura de que para entender debo ser otra y por ahora soy la misma, obligada al escombro de una revolución: la verdadera, la que intentó derrocar a la falsa y murió de cansancio. Solo puedo recordar, continuar el camino en este baúl de pérdidas.
Primera pérdida – La luz
Estas son las cosas que me van sucediendo: me quemé la mano izquierda con agua hirviendo, fue una quemada grande y dolorosa que aún permanece marrón, eliminé a C de Facebook por su falta de interés y su ignorancia después de habernos separado, llevo 48 horas sin luz, incluso un poco más, estoy encerrada y no tengo idea de qué día es, solo sé que es marzo y de que hace mucho tiempo que no sé vivir sin luz, está oscureciendo, ya es tarde y aun la luz no llega, pronto caerá la noche y nos sumiremos en la oscuridad total. En Caracas y en toda Venezuela, tenemos tres días sin luz o casi tres días, son días de largas conversaciones, de oír el radio de pilas, de leer incansablemente hasta que ya no me dé la vista, de leer en las noches con linterna porque no puedo vivir sin ficción. Son días de soledad, de familia, de pensar todo lo que he dejado atrás y de todo a lo que quiero volver, también todo lo que aún no soy y quiero ser. Son días de miedo, de dormir temprano, de ver señales en todos los lugares, de quedarme a oscuras mirando a la ventana.
La falta de tecnología te sume en un estado de contemplación absoluta. Ayer presencié la noche estrellada más hermosa que he contemplado en mi vida, tal vez fue una noche estrellada como cualquiera y por estar Caracas en tan completa oscuridad se vieron las estrellas que viciadas por las luces de la ciudad se ocultan al ojo humano. El cielo se ofreció como un regalo, algo divino para contemplarlo, en el momento que más lo íbamos a valorar, en una noche a oscuras, con velas, sin mucho que decirnos, en una noche con miedo a lo que vendrá, de esas raras y tristes, pero que provoca salir a bailar con el peligro.
Un país es también el territorio que se lleva por dentro o un sentimiento, dependiendo de la persona existen distintos países que se van construyendo desde el vacío. La poesía joven venezolana sea o no sea política, está construida desde la imposibilidad de definir esta geografía intima y es bello porque es esa imposibilidad es la que desata la pasión del poema, es lo que lleva a la escritura del poema mismo. Para mí eso es lo que persigue el joven poeta venezolano, la luz.
Segunda pérdida – El dolor correcto
Hoy se murió mi abuela Mamau. Estoy triste por mi papá, por el ambiente de muerte que deja alrededor de todo. Es un día raro de una atmósfera tranquila y triste, casi silenciosa. Después de la muerte, no hay mucho que pueda decirse. Mis papás la vieron morir a través de una pantalla, la llamaron por Messenger, en su último suspiro, abrió los ojos, los volvió a cerrar y murió. Si las pantallas proporcionan la seguridad de ver morir a una persona así esté a kilómetros de distancia, prefiero que no existan las pantallas. Ellos lo vieron como algo bueno, me dijeron: no podemos viajar, pero por lo menos pudimos estar cerca. Como siempre, tengo una visión diferente de estas cosas. Me pregunto cuántas familias tendrán que ver morir a familiares a distancia, por la imposibilidad de viajar, ya sea por el dinero o por un pasaporte vencido. Yo soy muy severa, no me da miedo la muerte y mi papá me pareció un hombre débil cuando lloraba frente a su celular. No es coherente, pero es así como lo sentí, tal vez porque la muerte es demasiado definitiva, demasiado oscura y prefiero asumirla desde un lugar árido, estoico, casi inhumano, para poder tragarla mejor, de un solo bocado. Nunca se ha muerto alguien a quien haya amado de verdad, si se han ido de mí y eso me ha hecho llorar, le conté a C. la muerte de Mamau y a pesar de estar activo en Facebook decidió no leerme ; eso me dolió porque fui vulnerable e íntima. Luego me respondió e inventó una mala excusa que no le creí. No hay peor que el desinterés, es incluso peor que el silencio. Lloré mientras le escribía el mensaje, sin embargo, sé que lloraba por lo que perdí de nuestro amor, esa intimidad que no volverá y no por la muerte de mi abuela.
Viendo “Los Sopranos” había una escena donde Tony abrazaba a su hija Mellow, vestida de toga y birrete. Me hizo acordar de C. con su toga, siendo abrazado por su padre llorando como un niño, ¿por qué llorar nos hará tan infantiles, porque nos hará tan vulnerables? Me acordé lo que sentí en ese momento, una mezcla entre rabia y tristeza, rabia por su éxito, primero que todo, graduarse le daba un propósito, una seguridad, un título. En ese momento en que C. recibía su título, yo sabía que mi título se llenaba de polvo y se seguiría llenando. También sentía rabia por su papá, el cual no me quería y nunca me quiso, el cual nunca me tuvo cariño, me trató con extrañeza y desconfianza ese día. Sentía rabia porque se iba con su futuro, su toga, su valentía, su voz a otro país y se quedaría con mi amor, se llevaría todo el amor que nos dimos, toda la poesía, todos los libros y los lugares y el sexo. Se llevaría todo con sus sueños, junto a sus propias cosas individuales y lo uniría todo como una masa de pan para construir un edificio que luego se pudiera comer con todo su magnífico apetito. Y cuando él se fuera yo me quedaría sin nada que construir porque mi vida era la construcción de nuestro amor y la construcción de mí misma a través de la persona que era cuando estaba con él. Sentí todo eso, mientras con pena me quedaba esperando que todos los abrazos pasaran, para finalmente dar el mío, que estaba contenido de ira, de tristeza, de celos, de amor, de demasiado amor, que lo era todo, incluso cuando ese amor, no eran sino ganas de dejarlo, sino libertad ante ese amor, sino miedo de perderme dentro de mis sentimientos, dentro de él, un hombre grande y gordo, con una voz gruesa que calmaba mis adentros. Y ese fue mi abrazo, mi mirada ante el abrazo del padre y esa era yo después de no poder dormir junto a él por estar llorando la última noche que pasamos juntos, pensando en lo difícil que sería construir un futuro sin el amor de alguien, a pesar de que nos habíamos dicho que lo intentaríamos a distancia ¿por qué dependo tanto del amor para poder sobrevivir emocionalmente? Y esta soy yo, aun buscando un futuro con las mismas dificultades económicas y psicológicas, llorando con Atahualpa Yupanqui y su canto que entibia el invierno, cuando debería estar llorando por la muerte de mi abuela, pero no, lloro por un verso, por una canción, por una ficción que me toca el alma y es tan inútil y tan bella.
Después de la revolución, ya no podemos separar los dolores íntimos de los colectivos. Estamos molestos, nos volvemos amargos. En nuestra vida personal, las cosas más sencillas se han vuelto difíciles. La condición autobiográfica de alguien que ha vivido en la ruina siempre, debe ser interesante ¿ Qué futuro podemos esperar para niños que han nacido y crecido en estas condiciones ? Cada uno será diferente, pero en todos reinará la confusión. Crecerán y todos sus traumas formarán parte de la misma masa, se habrán convertido en una piedra gigante de rabia contenida y confundida, un garabato de imposibilidad, cuya consecuencia tendrá el nombre de una revolución fallida.
Tercera perdida - La libertad
Cuando todos en mi casa se acostaron a dormir, bajé al cuarto de visitas y abrí la ventana por completo para respirar la noche. Es el mejor ventanal de la casa y la vista es suprema : una montaña impresionante, un cielo larguísimo y tan solo unas cuantas luces se veían mientras, a kilómetros se oía una música muy alta, casi como un rumor cercano. Mientras miraba la noche, sentí que no había vivido, y que no exageraba como siempre cuando suelo ser tan dramática, sino que era real, que en realidad no había vivido casi nada, lo que comúnmente se puede llamar una juventud divertida, que estar en fiesta era lo que merecía. Mi libertad había sido arrebatada por una serie de condiciones que yo no había elegido, sino que habían crecido conmigo, sentirme presa, era una herencia afectiva, simbólica, era una herencia de mi generación y mi nacionalidad. En ese momento, en mi cabeza, se formulaba la pregunta: ¿Seré siempre esta mujer que escucha a través de la ventana una fiesta lejana con nostalgia, deseando estar allí, esperando que suceda algún día, sintiendo el viento frío de la noche y la neblina que viene aderezada con llovizna en el rostro? Me entró una impotencia, y comencé a llorar mientras escribía estas palabras ¿Seré también esa mujer que le gusta más la sensación de estar lejos de la fiesta deseándola? Tal vez construí a esta mujer como un método de defensa ante la imposibilidad. La mujer que desearía ser, es una mujer que después de bailar y sudar en la fiesta, salga un momento al jardín, sienta el frío, viendo el cielo despejado con algunas pocas estrellas, cuando de repente un extraño se le acerca para ofrecerle un yesquero para prender un cigarro y se siente en ese preciso momento más feliz, más libre que en la fiesta, con la música lejos y el silencio de la noche, pero sabiendo que si camina un poco puede entrar de nuevo a la fiesta, que la fiesta está allí al alcance de sus pasos. Esta mujer tiene el poder de decidir, pero tiene el corazón de alguien que estuvo en esa ventana, tras esas rejas. Elegiría ser una mujer, cuya pérdida le ha enseñado algo.
La revolución deja marcas, se aprende a mirar diferente, con más calma, a fuerza de que el tiempo pasa distinto cuando está humedecido por la agitación. En algunas revoluciones la mirada se les llena de victoria, otras de fracaso, y otras simplemente de espera. En el peor caso, aconsejo crearse un ojo de cartón para mirar con más comodidad al vacío. A quienes se atreven a tirar todo a la hoguera, incluso las memorias con sus llamas imaginarias, la libertad los llenará de una inmensa blancura.
Pamela Rahn Sánchez
Pamela Rahn Sánchez. Autora de Breves poemas para entender la ausencia (2019, Ediciones Torremozas, España) entre otros poemarios. En 2022 fue residente en el IWP de la Universidad de Iowa y en City of Asylum en la ciudad de Pittsburgh.
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